JOLLY ROGER por Max (Relato erótico Nº36)

Este es un texto que concursa en “Relatos eróticos breves”. Si quieren participar, aquí tienen las bases. Y si desean ver todos los relatos que concursan, solo tienen que hacer click en la categoría “Concurso de relatos eróticos” que se encuentra en la banda de la derecha, en el apartado “Categorías”.

JOLLY ROGER

El rumor de las olas rompiendo contra el acantilado era la música que acompañaba sus sueños. Por la ventana  entreabierta, una leve brisa
acariciaba su cuerpo tendido sobre el lecho en el que reposaba su soledad. Allí donde día tras día ahogaba velados deseos, brasas candentes pidiendo ser apagadas, mil ilusiones y palabras de amor revoloteando confusas alrededor de su consciencia.  Y se retorcía de placer amándose entre la suavidad de las sábanas, y gozaba fugazmente, y lloraba después con amargura, porque no eran otras manos las que le aliviaban, porque sus labios se secaban al besar el aire, porque sus pechos suplicaban caricias, y su  sexo el calor de la noche.
Entre la abertura que dejaban los visillos del ventanal, nunca se percató de la silenciosa sombra masculina que día tras día  la observaba durante horas, cautivados sus oídos con los delicados suspiros que profería, y que a él se le antojaban ardientes plegarias. Esa noche quiso mirarla más de cerca, escuchar su respiración, disfrutar de la hermosura de ese cuerpo desnudo, esos muslos torneados, esos pechos relajados, turgentes, que la claridad de la luna  mostraba en todo su esplendor. Con sigilo, se introdujo en la alcoba, a escasos metros de ella; clavó la mirada en sus cabellos,  y no pudo reprimir la apremiante necesidad de acariciarlos. Al hacerlo, ella de pronto despertó alarmada, sin apenas tiempo para reaccionar. Con la agilidad vertiginosa de un felino, la sombra se abalanzó sobre su presa tapándole la boca con delicadeza para evitar que gritara. Asombrada aún, notó sin embargo que no corría ningún peligro, ignoraba el motivo, pero de alguna manera, presentía que se iba a ver envuelta en algo muy intenso, impensable. Una voz interior le animaba a vencer el miedo,  relajar sus músculos, y dejarse llevar por la fuerte atracción que incomprensiblemente le producía la situación. A continuación, el intruso le vendó los ojos, la tomó en brazos tras envolverla en la sábana, y se la llevó consigo  en dirección al acantilado, desapareciendo ambos a través de una espesa bruma  que súbitamente lo envolvió todo. Aunque el pañuelo negro que tapaba sus ojos le impedía saber el lugar en el que se encontraba, su olfato podía percibir un intenso olor a madera enmohecida, e instantes después, notó como la depositaba delicadamente sobre una mullida cama. Su corazón palpitaba desbocado, deseaba fervientemente que ese hombre desconocido la poseyera, la dominara a su antojo hasta convertirla en su juguete. Por eso no opuso resistencia alguna cuando ató sus muñecas a la cabecera de la cama, ni tampoco cuando separó bruscamente sus muslos y palpó  el húmedo ardor de su vagina, no pudiendo evitar que un ahogado gemido escapara de su garganta. Después, él se llevó la mano a la boca, y tras lamerse la palma con la voracidad de un lobo hambriento, se despojó del pantalón sin dejar de mirarla.
Totalmente abstraído, acarició sus pezones erguidos con la punta del pene, para seguir hasta su cuello, sus mejillas, pasando con lentitud su glande ardiendo por la comisura de los labios de esa mujer que intentaba en vano retorcerse, aferrar con sus manos ese sexo poderoso, y devorarlo con la fuerza de su alma.

Asiéndola fuertemente por los rojizos cabellos, apretó su cara contra el pecho, obligándole a que lo mordiera con la mayor fuerza posible;  así lo hizo, y con cada mordisco, él embrutecía más y más, emitiendo rugidos sobrenaturales, casi de ultratumba, que resonaban como un tambor en sus oídos, y ella se sentía más y más salvaje, ya nada se preguntaba, nada le inquietaba, su única intención era ser poseída cuanto antes, y saber que todo aquello no era un sueño, un fugaz devaneo de la imaginación. Cuando su grueso miembro comenzó a penetrarla, chilló una y otra vez como poseída, suplicando más y más placer, entregada por completo a esa fuerza viril que por momentos parecía dispuesta a taladrar la frontera de sus entrañas y partirla en mil pedazos.  El orgasmo que ambos sintieron al unísono no tuvo parangón. Se besaron con ardor infinito durante horas, hasta que el afilado filo de un puñal cortó las ligaduras que la mantenían aprisionada a la cama, permitiendo que sus brazos liberados abrazaran el torso de aquél que con tanto ímpetu le había hecho tan feliz, sintiéndose la mujer más amada y deseada del universo.
Entonces, él arrancó de un tirón el camafeo que pendía de su cuello y lo depositó en su mano derecha cerrándosela  lentamente, y envolviéndola de nuevo en la sábana, volvió a cargar con su amante sobre los hombros hasta que la devolvió de regreso a su dormitorio. Tras unos segundos eternos,  aflojó la venda que aún le tapaba los ojos,  besó dulcemente sus labios, y se marchó en silencio, saltando precipitadamente al exterior. Ella se despojó ansiosa del vendaje, y examinó con curiosidad el oxidado colgante que tenía en su mano y que parecía contener un antiquísimo retrato femenino que limpió con esmero y precipitación.
El corazón le dio un vuelco, y un desgarrado escalofrío la recorrió de arriba abajo, helando la sangre que fluía por sus venas,  ¡No podía ser cierto! ¡Era su propio rostro!.  Jadeante, corrió hacia la puerta y salió al exterior mirando hacia el mar que parecía enfurecerse por momentos,  intensos relámpagos iluminaban el acantilado, seguidos de truenos furiosos que  hacían casi temblar la tierra, la lluvia  comenzó a caer con inusitada virulencia, y pudo apreciar como un viejo galeón desvencijado que parecía volar entre las olas, se alejaba veloz hasta perderse en el interior de una nube de espesa niebla.  Velas rasgadas, casco carcomido, el mascarón de proa destrozado, y en lo más alto del mástil,  satisfecha por fin después de siglos de amargura y desesperanza,  con indescriptible orgullo, ondeaba poderosa mostrando su descarnado rostro a los cuatro vientos,  Jolly Roger, la bandera pirata.

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4 comentarios to “JOLLY ROGER por Max (Relato erótico Nº36)”

  1. Anónimo Says:

    buenisima historia
    me hizo erizar la pil

  2. historias como esta hacen que se te ponga piel de gallina y el coño se te ponga a mil

  3. Anónimo Says:

    Joder…. me ha encantado!!

  4. Anónimo Says:

    Buenicimo, Has demostrado talento total, pasión al relatar; creo que todos los que leímos tu historia la vivimos junto contigo.

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