LOS PSICOANALISTAS Y EL AMOR por PETER DER GROSS (Relato erótico Nº34)

Este es un texto que concursa en “Relatos eróticos breves”. Si quieren participar, aquí tienen las bases. Y si desean ver todos los relatos que concursan, solo tienen que hacer click en la categoría “Concurso de relatos eróticos” que se encuentra en la banda de la derecha, en el apartado “Categorías”.

LOS PSICOANALISTAS Y EL AMOR
En un departamento situado en las entrañas de la urbe se hallaban dos amantes no enamorados, psicoanalistas de profesión, un hombre y una mujer, ambos se hallaban charlando sobre diversas cuestiones triviales acontecidas en su quehacer cotidiano.
El nexo entre ellos había surgido en sus años escolares. La primera vez que se vieron en el patio de la escuela ambos experimentaron algo que no supieron si definir como deja vu o la inconfundible sensación de reflejarse en un espejo. Físicamente no tenían nada en común, él era un año mayor, y también más alto; ella por su parte era de rasgos femeninos muy suaves y delicados, de constitución  pequeña y delgada. Pero había algo en sus personalidades que sin saberlo compartían mucho antes de conocerse. Desde su ingreso a la escuela primaria, él parecía parte del inmobiliario, se sentaba en su pupitre y dejaba ahí su larga figura hasta que sonaba el timbre del recreo, y en el patio se paraba siempre en el mismo lugar. Ella a su vez, solía contestar con monosílabos a casi todo, era experta en la economía de frases, no era agradable ni desagradable, oscilaba entre la hipersensibilidad y la anestesia afectiva. Cuando niños siempre defendieron la idea de que la felicidad consistía en cosas tan básicas como comer, dormir y tener un techo donde vivir. Solían bromear sobre lo que serían de adultos, él aspiraba al quehacer anónimo de un velador en alguna parte, mientras que ella podía visualizarse sin problemas como guardia de seguridad en una panadería. Eventualmente eligieron el psicoanálisis para descubrir las enigmáticas motivaciones que llevan al ser humano a desear y sufrir por necesidades inventadas.
El paso del tiempo los había transfigurado  de acuerdo a los estereotipos propios de la profesión. En esa ocasión, ella llevaba un largo vestido blanco de algodón, acompañado de una chalina negra, ancha, enseñando los hombros de manera que hacia el doblez quedaba un poco descubierto y anudado adelante, como complemento a su grácil figura adornaba su cuello con accesorios de plata, maquillaje moderado y el cabello suelto, pero peinado. La indumentaria de él emulaba la misma formalidad, pero más simpleza. Vestía una camisa de mangas largas color azul tenue y un pantalón negro, ambos impecablemente planchados, y  a su costado yacía su inseparable maletín negro de piel, el cual portable invariablemente sobre su hombro derecho. Como elemento adicional a su apariencia lucía una barba abundante y bien afeitada.
Media hora discurrió entre tópicos laborales, el tráfico, los gastos, la política, esos asuntos estresantes de la existencia de lo que nunca pudieron huir con éxito. Hubo un momento en que sus miradas simulaban no tener nada más  que decir, por lo que en la escena decorada por cuatro tazas de café vacías y dos humeantes colillas de cigarro reinó el silencio. Fue entonces cuando la dama se atrevió a hablar de algo que hasta entonces habían procurado jamás mencionar en sus intelectuales coloquios: el amor.


-¿Alguna vez te has preguntado lo que es el amor más allá del psicoanálisis? El mundo parece vivir y morir de amor, todos hablan de él, y como tantas cosas aplicadas a la vida, cada quien lo interpreta a su manera. Más allá de lo que hemos aprendido a través de los incontables seminarios y libros de psicoanálisis no he encontrado una definición que me convenza del todo. Mi concepto más reciente es “palabra que genera cuantiosas ganancias económicas a la industria musical, televisiva y de tarjetas postales”, ¿qué te parece?- dijo la analista con una sonrisa dibujada en sus labios. Luego se retiró de sus hombros la chalina que parecía empezar a provocarle calor, dejando al descubierto el sensual escote de su largo vestido.
El la miró con suma seriedad, y súbitamente le respondió con una mueca que pretendía ser sonrisa. – de hecho el “amor” le genera ganancias económicas a casi todo lo que sea vendible. Pero en verdad es un ingenioso concepto, además de que por un instante has estado a punto de hacerme reír. Y sobre tu pregunta, te diré que yo prefiero quedarme con lo que dicen los libros. Yo defiendo la idea de que aquello que solemos llamar amor no es más que una conducta narcisista, es decir, que las personas solo aman lo que han sido, lo que son y lo que ambicionan ser. No olvides lo que el sabio Freud expresaba al respecto, pasión solo hay una: yo mismo- respondió el caballero con un aire de arrogancia, y se quitó discretamente, por debajo de la mesa, sus mocasines negros.
-Lo cual implica que lo primero que se le ocurre al pequeño humano al sentirse desamparado es la relación con el otro, ya que por sí sola la libido no podría satisfacerse, y elige como primeros objetos a aquellas figuras que en ella intervienen. Eso también lo sé-  y sin levantar sospechas frente a su anfitrión, lentamente se zafó las zapatillas, disfrutando con sus pies la finura de la alfombra.
-Y desde entonces, la demanda amorosa será una tendencia a pedirle al otro que sea más de lo que es, por lo que siempre habrá discordancia entre el objeto amado y el encontrado- objetó el analista.
-Pero más allá de la razón, ¿te has preguntado cómo se sentirá enamorarse?, ya sabes, planear el primer encuentro pasional con chocolates y pétalos de rosa sobre sábanas blancas… a veces desearía deshacerme de todos estos pensamientos y entregarme ésas sensaciones románticas, aparentemente perfectas y efímeras- expresó deseosa  su compañera.
El analista cogió una de las tazas de la mesa y la llenó del  café que ya estaba frío tras haberlo olvidado entre sus diálogos, entonces continuó – ¿enamorarme yo?, no lo creo. Si alguna vez sentí algo así fue el día en que te vi por primera vez, espero no lo mal interpretes- dijo el psicoanalista, luego desabotonó su camisa, la retiró y la colocó detrás de su silla.
Ella respondió al cumplido con un rubor en sus mejillas que le fue imposible disimular.
El analista prosiguió- aunque no entiendo en verdad tu afán por sentir algo así; sin embargo, reconozco que describir el enamoramiento como algo perfecto y efímero es acertado. El enamorado elige a su objeto amoroso, como también sabemos, de manera narcisista. Los defectos no pueden verse, no hay una sola posibilidad en ese estado “mágico” de ver la  castración, el otro es completo. Y lo peor de todo es que en cualquier momento llegará el desencanto, deberías sentirte contenta de no abrigar algo así-
Y en tono notablemente sarcástico, la dama replicó- por supuesto, que tonta soy, por Dios, olvidaba que en la ceguera amorosa se sobreestima al objeto temiendo como consecuencia el empobrecimiento del yo. Posteriormente viene la decepción, la separación- dicho esto, sin cambiar el semblante inconforme de su rostro, se puso de pie para quitarse el vestido, exponiendo a la vista las torneadas formas de su cuerpo aún protegido por dos prendas de encaje. Después se dirigió hacia su escéptico amante, le acarició el rostro y agregó-  quizá tengas razón, tal vez el psicoanálisis tenga razón. Pero el amor está también relacionado con la pérdida, si las cosas no se perdieran, si todo estuviera seguro, si no fuéramos entes fugaces y mutables, el amor no existiría, o no tendría sentido-
El psicoanalista, semidesnudo, se puso de pie, dio un beso en la frente de su hermosa compañera y añadió – no sé porqué aquí, ni por qué ahora, pero concluyo que si he de perder, prefiero no tener-
Ella, a punto de abandonar aquel infructuoso debate, decidió hacer una última pregunta a su frío amante- ¿y no has pensado quién nos cuidará cuando llegue a nuestros aposentos la vejez y la enfermedad?-
Con indiferencia, su interlocutor respondió- la vida es demasiado complicada para pensar en esas nimias. Si morimos o enfermamos, donde sea habrá alguien que se encargue de nosotros. Yo me conformaría con que echaran mi cuerpo a una poza y que la naturaleza hiciera el resto-
Aquellas palabras impetuosamente exacerbaron el fuego que ardía en la bella psicoanalista, quien con prisa desprendió de su tersa figura las prendas faltantes, y luego así las de su compañero. Éste la tomó con fuerza entre sus brazos y mientras la cubría de besos, le oyó decir al compás de su agitado respirar – de tus espinas siempre tomaré la rosa-
Y se entregaron a la pasión de sus cuerpos…

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5 comentarios to “LOS PSICOANALISTAS Y EL AMOR por PETER DER GROSS (Relato erótico Nº34)”

  1. Creo que es el menos “erótico” de los relatos, pero a mí me ha parecido muy bueno.
    Saludos cordiales.

  2. Estoy totalmente de acuerdo con Jovekovic, quizás es el menos erótico, ciñéndose al concepto como tal; pero para mí es de gran calidad literaria.

    Felicitaciones al autor ;)

  3. Por si se vota vía comentario, yo voto este, ale!

  4. esto esta bueno pro para ser analizado, y valla q eh pasado una noche fantástica haciéndolo

  5. no me gusto

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