LA LEYENDA por Marcie (Relato erótico Nº21)

Este es un texto que concursa en “Relatos eróticos breves”. Si quieren participar, aquí tienen las bases. Y si desean ver todos los relatos que concursan, solo tienen que hacer click en la categoría “Concurso de relatos eróticos” que se encuentra en la banda de la derecha, en el apartado “Categorías”.


LA LEYENDA

El lugar era apartado, a kilómetros de la costa. Nuestro sitio para escapadas, lejos de gente que no sabían de mi necesidad de sentir sus caricias, de su urgencia por estar en mí.
En el siglo pasado hallazgos arqueológicos confirmaron la leyenda. Que cerca de  ese sitio existió un matriarcado  liderado por descendientes de la Reina Amarilis.
Nuestro sitio era un meandro del río, con piedras que rodeaban un lecho de arena. Nuestro aposento bajo las estrellas, una de ellas me pertenecía, me la entregó un verano junto con una promesa de amor.
Era noche. El amor seducía y nos tendimos. Ya no me arrancaba la ropa desesperado, disfrutaba como yo la magia previa.
Apoyado en su antebrazo dijo:
-Recuerdo la primera vez que te vi.
Yo no lo recordaba. Llegó al barrio siendo ambos jovencitos. En una bicicleta arribó a mi calle, yo estaba en mi terraza con una cola de caballo y pantalones cortos, relataba una y otra vez.
“Cómo no lo recuerdas…desde ese día te amé”- dijo.
Se inclinó y unió sin prisa sus labios a los míos, frotándolos suavemente hasta que al fin sentí su lengua lamiéndolos…ohh…esa humedad  encendía mi fuego, separó la comisura de mis labios con su lengua, mimando con su mano mis senos por encima de la ropa. Mordió mi labio inferior y se mantuvo así…mirándome, le pedí la lengua y se la mamé. Lo separé…metí un dedo en su boca y él la envolvió. ¡Qué hombre! Con esa lengua almibarada me tenía a sus pies. En su boca, imité con mi dedo la penetración y respondió como los machos, resoplando y queriendo concretar. Pero aún no, todavía no.
Nos conocíamos, éramos amantes.
Abrí mi boca invitándolo a que dejara caer su saliva en ella; la reunió y la dejó caer, tragué la mayor parte, la otra la recogí con la lengua…excitado por la visión respiraba entre dientes. Lo invité con gestos a que lo hiciera de nuevo. Esta vez la saliva formó un hilillo que unía nuestras bocas, desesperado lo sorbió  y enloqueció. Reconoció con su boca abierta mi rostro, todo emoción dijo:
-“…Ana”
…y me estremeció entera.


Se levantó un poco, antes de desabotonar mi blusa preguntó, respirando muy fuerte:
-¿Puedo?
Soltó dos botones y separó la tela, miraba extasiado la hendidura, las aureolas café claro coronadas con botones que endurecidos anhelaban ser lamidos. Con su índice delineó la base, ascendió deliciosamente despacio. Se entretuvo un rato allí. Pero yo deseaba su piel, me levanté un poco y le quité la camisa. Terminó de desnudarse como en un acto de magia, como hacen los hombres. Respirábamos agitados. Pensé que quería terminar de desnudarme, pero ordenó:
“Desvístete”
Lo hice urgida, así, como lo hacemos también las mujeres. Se paralizó cuando me vio desnuda. Se demoraba…lo tomé del antebrazo y lo atraje hacia mí, mi ansia lo excitó, buscó hambriento mis senos…ahhh su lengua (como lava) me abrasó, tomó uno en su mano y succionó desesperado, que fuerte sensación…que fuerte el gemido. El placer travieso entró en mi cuerpo. Me adueñé de su espalda, mojé con mi lengua su oído deleitándome con su conmoción. Mordisqueó mi otro seno haciéndome arquear…felina, sentí el aleteo en mi cueva. Abrí mis piernas…y me ofrecí en su noche. Se introdujo suavemente…como sabía me gustaba, cumplió mi deseo y encalló en el fondo, nos miramos…de a poco empezó a empujar buscando el ritmo. Sentí el primer rubor, quise fundirlo conmigo.  Entonces fui yo la que empezó a moverse bajo su cuerpo, buscaba el ansiado roce de su cuerpo con mi clítoris…y lo encontré, sincronizados fuimos esa noche perfectos.
Anclado en mi sexo mamó mi seno, así conectados me subió a la cima. Me restregaba angustiada contra él. En el silencio, el golpeteo húmedo se acompasó como un cencerro rasgando rítmicamente la noche, mi cuerpo respondía a su entrada, oía mi voz… no estaba hablando yo, ya nada era amoroso todo era terrenal…angustioso, un hombre que sin piedad poseía a su mujer.
Los espasmos detuvieron todo y mi cuerpo se estrelló violentamente con el suyo. Cuerpo y quejido, miel y sentidos. Se dejó caer encima de mí. Lo abracé, estaba aterido y no era de frío.
Apenas regresando…sentimos un estruendo, algo pesado que caía. Asustados nos marchamos.
Luego nos enteramos que un vecino se había caído de un árbol, en el hospital decía… Amarilis de mierda. La Leyenda decía que la matriarca instauró que cuando una mujer yacía con su hombre no debía ser contemplada.

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