TREGUA A LA REALIDAD por Valentina (Relato erótico Nº13)

Este es un texto que concursa en “Relatos eróticos breves”. Si quieren participar, aquí tienen las bases. Y si desean ver todos los relatos que concursan, solo tienen que hacer click en la categoría “Concurso de relatos eróticos” que se encuentra en la banda de la derecha, en el apartado “Categorías”.

TREGUA A LA REALIDAD

La luz mortecina del local no favorecía en nada las curvas voluptuosas de la mujer del vestido rojo que acababa de traspasar el umbral, tampoco hacía que sus joyas brillaran deslumbrantes y ni siquiera resaltaba sus ojos verdes de gata. Era una luz amarillenta-desgastá que lo que sí conseguía era que la taberna pareciera más cutre de lo que era. Los parroquianos, ahogados en sus respectivas cervezas, no levantaron la mirada cuando aquella imponente mujer avanzó con resolución hacia la barra y se sentó en uno de los taburetes, levantándose el vestido más de lo necesario y exagerando el movimiento de cadera para que se le ciñera aún más el vestido. Ni siquiera se giraron a mirar cuando descuidadamente tiró el bolso para que los turgentes pechos se le movieran juguetonamente bajo el escandaloso escote al inclinar la espalda para recogerlo. Ella hizo un barrido con la mirada para desilusionarse por no haber causado el más mínimo efecto en los tipos de aquel local. Pidió un tequila. Se lamió delicadamente el dorso de la mano y luego se echó sal. Cuando tenía la lengua preparada para darse otro largo lametón en la mano desnuda vio que, desde la puerta del servicio, estaba siendo observada por un hombre que no encajaba para nada en aquel local. Envalentonada por la mirada fija de aquel tipo se deleitó en el sabor de la sal que iba arrastrando muy poquito a poco con la lengua. Luego tomó el vaso de chupito y, guiñándole un ojo al desconocido, se lo bebió de un trago. Luego atacó al limón sacándole todo el jugo, en sus labios entreabiertos. El hombre la escaneó con la mirada y ella no tuvo más remedio que hacer lo propio. Bajó hasta los zapatos negros de piel, luego subió por unos vaqueros desgastados que no estaban ni holgados ni prietos, luego llegó al polo bermellón que se acoplaba a un pecho perfecto y rodeaba unos musculosos brazos. Luego el cuello, la barbilla, los finos labios, la nariz aguileña, los ojos negros y el pelo rizado. Vió como se sentaba en el otro extremo de la barra y pedía un chupito de tequila, y que inmediatamente después de servírselo, el camarero se acercaba a ella con otro chupito. De parte del caballero, le dijo. Mirándose a los ojos, a poco menos de 2 metros  el uno del otro, se lamieron la mano, se pusieron sal, y se la volvieron a lamer extremadamente despacio. Ninguno de los dos cogió el vaso. Estaban amarrados el uno al otro por un hilo invisible. La mujer recordó entonces su imagen nada más salir de la ducha. Aquella noche, delante del espejo, había estudiado su cuerpo sinuoso cubierto con un minúsculo tanga y un sujetador negro. Luego, acariciándose las piernas, le había añadido al conjunto unas medias de rejilla que apenas le llegaban a mitad del muslo. Después se puso los tacones. Ardiente de deseo por su feminidad reencontrada, abrió el maletero en busca de aquel vestido desterrado hace muchos años y se lo puso. Se sonrojó al recordar que había tenido que cambiarse el tanga casi inmediatamente porque su visión la había excitado demasiado.

El hombre, sin apartar la mirada de ella se tragó el licor dibujando una sonrisa, como si hubiera visto la imagen de la mujer recién duchada y cogió el limón. No lo mordió. Sacó la lengua, apenas la puntita y empezó a juguetear con la pulpa, lento al principio y acelerando el ritmo hasta terminar con todo el jugo. Ella no aguanto más y se tragó el tequila de forma apremiante al tiempo que se levantaba con la rodaja de limón en una mano y el bolso en otro. El limón lo puso en la boca de aquel hombre sin intercambiar ninguna palabra. El bolso sobre su entrepierna. Impulsivamente mordió el limón para potenciar el licor mejicano. Pero no lo saboreó debido a la frenética lucha de sus dos lenguas al encontrarse precipitadamente. Un poco turbada, ella intentó retirar el bolso y apartarse de aquel hombre, pero él la agarro la muñeca con autoridad, sin admitir réplicas y la llevó hacia el lugar donde estaba el bolso, bajo él, para que palpase la erección que había conseguido ceñir demasiado los vaqueros.

Instintivamente ella se llevo la otra mano al pecho y se acarició inconscientemente, de modo circular, hasta que su pezón se despertó. Sólo era capaz de pensar lo mucho que le apetecía ver aquella polla que se esforzaba por adivinar bajo la gruesa tela del pantalón.  Susurrándole al oído le pidió que la siguiera a su casa. Él le contestó que tenía una idea mejor, si ella se atrevía, claro. Ella no lo dudó: tu dirás, le contestó humedeciéndose los labios.

El hombre del polo rojo dejó un billete de 20 euros sobre la mesa y se llevó a la mujer fuera del garito. Casi corriendo, recorrieron los veinte metros que les separaban de un portal. Él abrió sin dar explicaciones y giró a la derecha. Abrió otra puerta y se encontraron en una oficina. Mientras ella intentaba tocarle y desnudarle, él avanzaba ignorándola atravesando varias puertas hasta llegar, primero a un gimnasio y luego a la piscina del mismo. La miro un segundo a los ojos, se agachó frente a ella y sujetándole el extremo inferior del vestido, tiró de él hacia arriba hasta dejarla tal y como ella se sentía más sexy. Él se había separado un par de pasos y la penetraba con una mirada profunda. Ella empezó a moverse, lentamente, mientras sus manos acariciaban sus pechos, bajaban por su vientre, llegaban a su sexo y volvían a subir sin atreverse a tocarse. Él se acercó, sin dejar de mirarla y la empujó a la piscina. Mientras observaba como la lencería se empapaba, se quitó la suya y se tiró al agua.

No la dejó pensar. Se puso detrás de ella, inmovilizándola, la quitó el tanga y comenzó a tocarla. Primero suavemente, rozándola, hasta que descubrió que movimientos la hacían estremecerse y cuales agitarse, para usarlos en una secuencia encadenada. Luego la introdujo un dedo en el coño, moviéndolo en círculos cada vez más amplios. Cuando ella sintió que no podría aguantar mucho más, la guió hasta la escalerilla. La alzó, agarrándola por la cadera, y sujetándose del pasamanos la penetró con una gran erección. La penetró cada vez más rápido, con más fuerza, con menos cuidado, hasta correrse. Hasta que ambos vibraron y palpitaron al unísono en un profundo orgasmo.

Ella se giró y miró al hombre que tenía todavía aferrado a las caderas, después del éxtasis sólo parecía un hombre insulso, del montón, y ella, otra vez una aburrida ama de casa. Durante una hora, el deseo les había transformado en zorrones ardientes de placeres inconfesables que creían extintos. Ex-marido y ex-mujer lo habían disfrutado, más que durante su monótono matrimonio, pero sabiendo que al día siguiente tenía que recoger a los niños del campamento, la mujer salió del agua para volver a sumergirse en la realidad.

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