BLAM por Kid Malboro (Relato erótico Nº11)

Este es un texto que concursa en “Relatos eróticos breves”. Si quieren participar, aquí tienen las bases. Y si desean ver todos los relatos que concursan, solo tienen que hacer click en la categoría “Concurso de relatos eróticos” que se encuentra en la banda de la derecha, en el apartado “Categorías”.


BLAM
Ayer a la una de la tarde, agazapado cerca del Hotel Paraíso, esperé con el corazón palpitante verla llegar. A la una y media apareció, muy sexy, muy arreglada; medio mundo giraba la cabeza para seguir sus pasos, y ella aparentaba no enterarse. Así, atravesó la puerta del Paraíso con una sonrisa de sien a sien y la mano derecha aferrada a la mano izquierda de David. Ahora yo, en un acto casi contranatura, entro y salgo de ella. Lo hago por pendejo, por caliente, porque está buenísima, por las escasas oportunidades que se me han concedido en esta vida en materia de mujeres, por una méndiga voluntad de coger como Dios manda (sin preocuparnos por usar condón, sin miedo al embarazo, sin temor a nosotros mismos ni a qué sucederá en adelante), y me dejo arrastrar por la corriente del placer, encapuchando mi cabeza pensante en una total ausencia de ideas, cálculos y sentimientos. El mundo es horrible y absurdo. La esperanza de que haya un sentido detrás de todo ese absurdo, detrás de todo ese horror, sólo podemos conservarla quienes, pese a todo, seguimos cogiendo.

Tal vez se escuchen cláxones, sirenas y silbatos allá afuera, pero aquí adentro la intensidad es tal que no se oye otra cosa que la mezcla de lamentos gozosos y la serie de chasquidos húmedos, a las cuales se une el chirrido de la cama. Buscando nuevas caricias, nuevas sensaciones, en una embriaguez de carne cada vez más impulsiva, con el áspero deseo no sólo de gozar sino el de hacerme gozar, Tania introduce su índice derecho en el abismo negro de mi ano. Lo hunde con una lentitud espantosa, casi sádica, como seguramente David le enseñó a hacerlo. Lo agita dentro de mí, me soba delicadamente el rincón más profundo de mi ser.

Observándome por entre sus largas pestañas con una expresión que es la muestra perfecta de la lujuria (los productores de películas porno matarían por obtener esa expresión), Tania retira aquel dedo y se lo lleva a la boca, lo chupa como si se tratara de mi pene (o del pene de David) y lo dirige hacia su clítoris. Yo le mordisqueo alternativamente ambos lóbulos de las orejas y hago una ventosa con la boca en su boca. Mi boca desciende y se apodera de sus pezones, primero uno, luego el otro, y con la lengua lamo las dos medialunas llenas de los senos.

Tania me administra una potente dosis de nalgadas que no hacen sino enardecerme más. La sujeto por el cabello, se lo jalo hacia atrás y aplico a lo largo y ancho de su cuello una sucesión rápida de besos, y ella, ardiendo hasta más allá de lo inconmensurable, encantada de ser mía, me rodea la cintura con sus piernas, empujándome contra sí, con fuerza, una y otra vez, una y otra vez, hasta que suelta una O extrañamente afónica que se le forma en la garganta para transformarse en una larga y penetrante A en la cual se convulsiona de manera enloquecida y me vacía por completo, me exprime, me ordeña hasta la última gota. Gimo de gusto y de disgusto, de satisfacción y también de dolor y arrepentimiento. Acto seguido, me dejo caer a un lado.

Descanso un instante, con los ojos perdidos en el vacío, buscando un bálsamo, un analgésico, un tranquilizante espiritual, pero de inmediato me siento en el borde de la cama. Con el sigilo de un piel roja, abro el cajón del buró, extraigo el revólver y cierro el cajón.

Es una tarde de domingo y por las cortinas del dormitorio entra un chorro de luz casi palpable del sol, que revela cada poro, cada arruga, cada vena. Con el cuerpo empapado de sudor, sin un hilo de ropa encima, sin grasa, sin gordos, sin llantas, sin celulitis, sin estrías, sin vello, Tania permanece tumbada en una excitante postura: ojos cerrados, boca entreabierta, rodillas alzadas, muslos ampliamente separados, un brazo extendido y el otro sobre el abdomen. Brotan de su orificio vagínico unas gotas de semen que resplandecen como perlas. El viento mueve las cortinas y, cuando las abre del todo, el sol inunda aún más el dormitorio. Entra tanta luz que esa claridad casi irreal duele en las pupilas. Por momentos el sol que penetra por la ventana es tan intenso, que Tania parece vestida de oro, cubierta por una luminosidad espesa, excesiva, brillante. Sin embargo, yo no me entretengo en esos detalles; con rapidez, le tapo la boca con la mano izquierda y le meto el cañón del revólver en el origen del mundo.

—Ayer te vi entrando al Paraíso con mi hermano —digo con el tono más duro de mi repertorio—. ¡Eres una puta de mierda!

Tania clava sus ojos en los míos. Emite un sonido breve, seco y sofocado que pretende pasar por un perdóname. En sus ojos hay muchas cosas, pero la más obvia es el miedo, y eso me hace girar la cabeza hacia el reloj digital:

12: 53 P.M.

Durante unos segundos oigo cómo Tania respira por la nariz, en alientos cortos, ya que su boca sigue cubierta por mi mano izquierda, manteniéndole la cabeza inmóvil. Luego la miro otra vez.
Aprieto el gatillo.

BLAM

La bala es abrazada por la carne y conducida agresivamente de la vagina a la parte superior del cráneo, estallando a su paso arterias, neuronas, deseos, ternuras, odios, huesos, de donde sale para perforar la cabecera de la cama y hundirse en la pared. Un trozo de vulva me cae en el dorso de la mano derecha, una parte de los labios. El aire se llena de niebla roja.

Acongojado por la culpa, sin tener a mano un confesor, ni siquiera un espejo, cierro los ojos.

Tras un breve reposo, ante el temor de quedarme dormido, abro los ojos.

La cama está destendida, claro, pero no hay huellas del crimen, ni cabellos visibles, ni olores raros, ni regueros de sangre. Es como si yo nunca hubiera asesinado a Tania. El cadáver no está en la cama. No está en ninguna parte.

No existe.

Me miro las manos, limpias y sin el revólver. Experimento la ausencia, el vacío absoluto de todo, a causa de ello.

Dios, ¿qué ha pasado?

Palpo mi cuerpo. Aún estoy descalzo hasta el cuello.
¿Ha transcurrido mucho tiempo?
No puedo saberlo; no tengo ninguna noción que me permita intuirlo. Es de día. El sol se encuentra en el cielo más allá de las cortinas de la ventana. Contemplo el reloj digital:

01: 00 P.M.

¿Y qué?

Pueden haber transcurrido mil años, por lo que sé. El reloj no consigue ayudarme.

Me levanto como un corcho y abro al máximo el cajón del buró. Ahí yace, junto a ese soldado de plástico que me regaló mamá cuando yo cumplí ocho años y sobre esos diez periódicos que he guardado sin recordar para qué, el revólver. Lo sujeto con fuerza, caminando y maldiciendo por motivos que no comprendo.

Finalmente me vuelvo a sentar en el borde de la cama.

RING
RING
RING
RING

El teléfono.

—Bueno.
—¡Hola, mi amor! —dice Tania al otro lado de la línea.
—¡¿Tú?! —exclamo—. ¡¿TÚ?! —Sin darme cuenta, he alzado aún más el tono de la voz. Con gran esfuerzo recupero el control sobre ella, pero no puedo evitar que mis manos tiemblen; de hecho, tiembla todo mi cuerpo.
—Sí, soy yo.
—¡¿Qué pasó?! —El pánico crece a medida que me obligo a controlarme a mí mismo.
—Ah, pues pasó que hoy es sábado.
—¡¿Hoy es sábado?!
—Ajá. ¿Tienes ganas de coger?
—Oh, sí, claro… ¿Por qué?
—Porque llego en media hora a tu departamento. Nos vemos…

Tania cuelga. Yo también. Y me quedo sentado en el borde de la cama, mirando el revólver, viendo cómo brilla entre mis dedos.

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