MI DULCE PASAJERA por Joeman (Relato erótico Nº9)

Este es un texto que concursa en “Relatos eróticos breves”. Si quieren participar, aquí tienen las bases. Y si desean ver todos los relatos que concursan, solo tienen que hacer click en la categoría “Concurso de relatos eróticos” que se encuentra en la banda de la derecha, en el apartado “Categorías”.


MI DULCE PASAJERA

-Puedes quedarte tranquila amiga. En dos días, tu hermanita llegará sin un rasguño a casa de tus padres.

Sorprendido vi que aquella rubita flaca y sin gracia antes de irse al extranjero hoy era una muñequita de paso felino, ojazos azules,  trasero atractivo, bella sonrisa, nariz respingona y hermosos senos  apenas cubiertos con su blusa.

Pasadas unas horas de letárgico viaje, Nancy soñolienta, acomodó su cabeza en mi entrepierna despertando al inquilino y llevó mi mano a sus ricas mamas de duros pezones. Olvidados mis prejuicios, acaricié suavemente las sinuosidades de sus nalgas mientras su boca golosa correspondía devorando mi falo con maestría hasta saborear su blanco néctar. Llegó al final con un vigoroso masaje sobre su vulva  lampiña y un beso apasionado que rubricó nuestro acto.

Dejé la autopista parando en un solitario paraje con cascadas y árboles. Libre de sus ropas, Nancy se arrojó alborozada a las aguas cristalinas. Dispuse las viandas  bajo un árbol y  retozamos como niños bajo la irisada lluvia del salto de agua. Atenazado por sus largas y hermosas piernas penetré anhelante su vagina que se contraía  rítmicamente. Mis líquidos llegaron al fondo de su cueva seguidos de una explosión frenética unida a los espasmos de su clímax. Trémulos, mojados, acezantes, juntamos nuestros labios en un beso interminable. Comimos en silencio.  Una flor adornaba sus cabellos. Algo nervioso, dije en un susurro:

-Al llegar, hablaré con tus padres…

-¿Y qué les vas a decir?

-Bueno, ya sabes, que estoy dispuesto a responder por esto, a casarnos, Eh…

-¡Jajajá, como  en las viejas películas! ¡Despierta, es el Siglo XXI!

-No te entiendo, Nancy, estoy enamorado, yo…

-¿En qué mundo vives, Eduardo? ¡Jodimos, cogimos, follamos!  ¿Piensas que me deshonraste y me pagarás casándote conmigo?

– Bueno ¡Basta Niña! ¡Tú no me vas a dar lecciones…!

-Eduardo, esto concierne  a los dos y debemos asegurarnos de nuestros sentimientos.  Podemos ser novios, amigos, amantes. No soy una primeriza, cariño. Desde niña, mi cuñadito, tu amigo santo, ya me había desvirgado con sus manoseos  en las narices de mi hermana. Mis profesores, el capellán, el entrenador, su equipo entero y mis compañeras gozaron de mis encantos. Eres un caballero y ante ti me rindo. Estaremos juntos pero sin exclusividad, pues yo soy mi única dueña. Estas son mis condiciones y nada de decirle a mi familia de esto.

-Bueno querida, podemos probar… dije impresionado.

Nancy dio un alegre grito de guerra y montó sobre mí, untó mis tetillas con melaza y las lamió aplicadamente. Ensartó mi tieso instrumento en su estrecha cavidad y cabalgó como experta jinete. Llegó rauda y ardiente a la meta. Lacios, agotados, dormimos hasta que el viento fresco de la tarde nos hizo volver a la carretera.

Con seguridad había tocado algunas fibras de su corazón pero no en lo profundo de sus sentimientos. El abuso padecido desde niña había endurecido su alma, pero algo había aún al fondo de su ser. Estaba sedienta de cariño pero temía enamorarse. Yo  estaba cierto de que ella era la mujer de mi vida. Sólo faltaba su aceptación. Debería ser paciente y cauteloso.

Adelante la carretera se bifurcaba. ¿Montaña o playa? Tenía que decidir en donde pasaríamos la noche y resolví: Esta noche la montaña, mañana la playa. Tomé el empinado camino hacia la sierra nevada y ya entrada la noche estábamos frente a una posada con rústicas cabañas de troncos rodeadas de un espeso bosque.

La chimenea encendida nos proveía de calor. Cenamos a la luz de las velas y brindamos enlazando nuestros brazos. Nos desnudamos uno al otro, frente al fuego. Mi lengua recorrió todos sus rincones saboreando intensamente su clítoris exquisito. Nancy estremecida emitía suaves quejidos. Un temblor convulsivo la invadió por largo rato. Quería hablar, pero no articulaba  palabras. La besé mientras la clavaba muy hondo con mi basto. Después de unos movimientos de bombeo terminé inundándola de semen y gozamos juntos de otro orgasmo trepidante. Lánguida, sensual, decidió que dormiríamos abrazados frente al fuego.

En la mañana, sentí  cómo su lengua pasaba por el tallo, por el glande, el perineo y luego deglutía el pene hasta la base. Me saludó cariñosa y dejando su dulce tarea me llevó a la tina de agua tibia y perfumada, donde nos bañamos sin premura. Dispuso de mis ropas a su gusto y pasamos a dar cuenta de un rico desayuno de  jamón, huevos, pan tostado y café.

Bajamos hasta la costa por un camino serpenteante. Ella iba alegre y arrebolada. En una playa escondida rentamos una casita de palma entre altos cocoteros. En un momento estábamos desnudos jugando con las olas. Nos secamos al sol, cubrimos de aceite nuestros cuerpos y cosa extraña, no  intentamos  hacer el amor. En el pueblo cercano comimos mariscos regados con cerveza  y reímos como nunca. Así estábamos, cuando Nancy me dijo con seriedad:

-Quiero que esta noche sea diferente…

– Como tú quieras, sólo dime qué debo hacer. –contesté.

– Acompáñame… replicó tirándome del brazo. Entramos  a un local. Nos saludó con una ancha sonrisa un tipo moreno,  con camisa florida.

– Me han dicho que usted es el Juez de Paz.

-A sus órdenes, Señorita. -Dijo el  simpático hombretón ampliando aún más su sonrisa.

-Queremos casarnos. Dijo  Nancy echándome una mirada que no admitía ninguna objeción.
Con el documento en su bolso, una instantánea tomada por el mismo Juez y con sendos collares de flores, salimos gozosos hacia la linda casita a disfrutar nuestra noche de bodas.

-¡Cariño, pero qué es esto! Dije azorado. La habitación se encontraba cubierta de pétalos de rosa, velas aromáticas, música, cama con dosel, sábanas satinadas, champaña, bocadillos. Recordé que más temprano sorprendí al administrador (visiblemente gay) cuchicheando con mi hoy esposa.

-¡Jajá! ¿Te gusta? Billy, el administrador fue mi director de escena. Ahora disculpa, querido. Voy a prepararme para ti.  -Dijo con un guiño picaresco entrando al baño.

Salió desbordando sensualidad, contoneándose al ritmo de la música con sus altas zapatillas y conjunto de lencería. Nuestras ropas fueron cayendo mientras bailábamos. Al quedarnos desnudos, Nancy  aplicó aceite de coco en sus pechos pasándolos por mi cuerpo. Luego colocó mi oleoso y rígido palo en el surco de sus senos haciéndome una deliciosa cubana para después cambiar de posición mostrando el abismo de su lindo trasero diciendo suplicante:

-¡Házmelo mi amor! ¡Dámelo mi dueño! ¡Lo he guardado para ti y sólo para ti!

Lentamente, introduje un dedo por su esfínter. Esperé que se ajustara para introducir otro más y enseguida coloqué la cabeza hinchada de mi pene empujando suavemente sin parar hasta que mi pubis se juntó a sus glúteos. Nancy se quejaba con voz ahogada y daba grititos de placer. A cada embestida aumenté mi velocidad hasta dejar en sus adentros todo lo que pude extraer de mis testículos.

-¡Gracias cariño, gracias amor, bésame querido! Decía sollozante mi bella esposa.

En el bullente jacuzzi de agua fresca continuamos las caricias, brindamos con champaña y pasamos a nuestro elegante tálamo nupcial.

-Eres una caja de sorpresas, Querida. Le dije abrazándola amorosamente.

-Tendrás que acostumbrarte. Nunca dejaré de sorprenderte. ¿Sabes desde cuando te quiero?

-Me encantaría saberlo, Pequeña.

-Bien, si recuerdas aquella niña flaca que subías a tus piernas, desde entonces soñaba en ser de ti, en que tú fueras de mí. Lloré cuando mi hermana escogió al idiota de tu amigo  y no a ti para casarse y me estremecí de gozo cuando supe que vendría sola contigo en este viaje, que ahora será más largo, ¿Verdad?

-Tan largo como nuestras vidas, Preciosa…

-Eduardo, Amor, ¿Crees que nos podremos casar por los dos ritos, el cristiano de mis padres y el católico de tu familia? Lo digo por los viejos, ya sabes…

-No veo ningún problema en ello, Cielo.

El gusto de sus besos era diferente, su lengua buscaba a la mía y se fundía en ella y no atacaba feroz como antes. Era otra hermosa sensación, de compañía, de gozar y hacer gozar. Viajando por su cuerpo, me detuve en sus pezones, en los labios de su vulva, en su clítoris rosado, en el lóbulo de su oreja y en el hoyuelo de su ombligo. Sus pulsantes paredes vaginales  envolvían el tronco de mi pene y su movimiento de caderas me llevó hasta la gloria. Finalmente sucumbimos al unísono, en total comunión, con el último soplo que quedaba del aliento.

-Te Amo, Esposo Mío.  Musitó Nancy antes de que el sueño la venciera.

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Una respuesta to “MI DULCE PASAJERA por Joeman (Relato erótico Nº9)”

  1. buenisimoooooooooooooooo

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